Nos ayudó a pensar
El viernes murió El Indio Solari, y desde ese día -sin siquiera ser fan de él o su banda- me he detenido en el tiempo a observar el fenómeno cultural que desprende su existencia (sí, definitivamente sigue existiendo).
En la procesión de gente que salió a las calles en Argentina e, incluso, la cantidad de gente que vi de Uruguay hablar del tema, duelarlo y publicar cosas en redes, me quedaron resonando varias frases que dijeron varias personas.
“Es mi padre” fue una que se repitió muchas veces, “El Indio es esto” y se señalaba a la enorme ola de gente que fue a despedirlo, “Sus letras hablan un lenguaje diferente cada vez”, aquello recordó el verdadero significado de la poesía y, una que permeó mi fin de semana, “Nos ayudó a pensar”.
¿Hay elogio mayor para un artista? Indudablemente que saberse guía en el pensamiento de otros -y en este caso, multitudes- es la verdadera gracia del arte. El creador ejecuta su pieza, por gusto propio, pensando en el otro, en su devenir, por necesidad, por ego, son miles las posibilidades que llevan a una persona a crear. Lo verdaderamente fuerte acá es que, eso que crea, repercute en un otro -o unos miles de otros- y, en este caso, ayudando a pensar.
Ayudar a pensar significa abrir muros que parecían cerrados, empujar límites que solían ser insondables, gritar cuando la voz no alcanzaba para más. El lenguaje es abstracto cuando se usa poéticamente, entonces es realmente esa abstracción la que motiva el pensamiento. Cuando las cosas son no dichas somos nosotros los que debemos decirlas y descifrar el significado -unívoco- para el receptor.
Es ese sentimiento colectivo pero individual lo que provoca este apego por el arte y determinados artistas. Es la capacidad de sentir a través de lo no dicho aquello que la IA nunca va a poder abarcar, incluso cuando, en un acto desesperado por sus creadores, busca imitar la realidad humana y perfeccionarla. Es el mensaje subterráneo, aquello que entendemos a medias, que entendemos como queremos, que nos llega según nuestra edad y vivencias.
El viernes murió El Indio y, con él, se fue una época para muchos. Su partida es un marcador de tiempo para aquellos que rememoraron su adolescencia y juventud cantando sus canciones, para los treintañeros que en sus veintes lo fueron a ver y se despertaron del sueño de la juventud, para aquellos que fueron padres cuando salían a la luz las canciones más conocidas, para los padres novatos que le están inculcando a sus hijos la cultura ricotera.
Su muerte no es más ni menos que un antes y un después, un recordatorio de que somos finitos pero, al mismo tiempo, tenemos una inmensa capacidad de crear y, con suerte, de ayudar a otros a pensar.
Foto tomada del blog: indioskay.blogspot.com
