Bondis (2013)
Me subo, pago el boleto, veintidós pesos, estratégicamente observo el panorama, intentando ocultarme de las caras conocidas que puedan estar ahí presentes, entonces me dispongo a sentarme si hay un lugar vacío.
Automáticamente me pongo los auriculares y nada existe, me gusta pensar en el vacío, ignorar el mundo, sentir que no hay nada alrededor y saber que sí lo hay.
El ómnibus comienza su marcha fatal, el recorrido de siempre, voy mirando para afuera, nada me sobresalta, nada me sobregira, intento dormir y me es imposible, paso por la casa de mis amigos, de mis enemigos, los recuerdo sistemáticamente a medida que los árboles quedan atrás.
Veo los edificios tocando el cielo donde vivía un amor que ya no lo es, que nunca lo fue, y pienso, ahora son ellos los que quedan detrás.
Sigo observando sin observar y, como quién no quiere la cosa, se me cae una lágrima, se me caen dos, tres, y paran de caer.
Sonrío.
La gente no lo nota, me resulta imposible creer que nadie vea que estoy llorando, la individualidad de las personas me asusta. Después de unos minutos una niña me mira detenidamente y, horrorizada, le habla a la madre y me señala. Su progenitora hace caso omiso de lo visto, y siguen hasta el final del ómnibus, donde se sientan y percibo que esa niña me mira, y pienso, algún día, de grande, vas a sentir este vacío, y me vas a entender.
En cuarenta minutos de viaje se resumen todas las experiencias de mi vida, sonrío, disfruto la música, a través del recuerdo puedo revivir, me entristezco, miro todo y a todos y, circunstancialmente, me puedo enamorar de algún desconocido y, tal vez, algún desconocido se enamore de mí. Nada me asegura que éste no me ame para siempre, y que me recuerde como la joven que lloraba recostada al vidrio.
El ciclo se repite cada vez que pago el boleto y me dirijo al asiento, nunca sé a dónde voy a parar, o qué va a pasar.
Y por eso lloro, porque la incertidumbre y el vacío de la vida me asusta mucho.
Entonces me acomodo, tiro el asiento para atrás, y empiezo a disfrutar del vacío donde me construyo a mí misma.
A veces es de noche, está oscuro, y el ómnibus va vacío, y voy sola sentada y soy yo el motivo de ese viaje, a veces, el vacío se llena de más vacío.
Y me recompongo.
Conmigo misma.

