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mi primer libro: ahora después

No sabría exactamente por dónde empezar. Sí estoy segura de que el primer poema lo habré escrito cerca de la adolescencia, casi sin querer, fue una necesidad. Y así fueron corriendo los años, y entendí el gusto por aquello que no era solamente recrear mis pensamientos sino que también era problematizarlos al mismo tiempo que engendraba un producto estético: poesía. Será mi absoluta fascinación por leer entre líneas lo que me llevó a volcarme hacia la poesía durante tanto tiempo, algo que me resulta natural, un brevísimo pero cargado campo semántico emocional, inentendible para mí y a veces más entendible para otros. Será aquello lo que me condujo inevitablemente a acumular y acumular poemas, algunos más buenos que otros, pero todos reales y sentidos. Algunos concursos literarios de por medio y algunas conversaciones con editoriales terminaron en una decisión que explora la absoluta independencia textual y que me permite ser ejecutora de la estética en su absoluto, más allá de lo que...

Bondis (2013)

Me subo, pago el boleto, veintidós pesos, estratégicamente observo el panorama, intentando ocultarme de las caras conocidas que puedan estar ahí presentes, entonces me dispongo a sentarme si hay un lugar vacío.

Automáticamente me pongo los auriculares y nada existe, me gusta pensar en el vacío, ignorar el mundo, sentir que no hay nada alrededor y saber que sí lo hay.

El ómnibus comienza su marcha fatal, el recorrido de siempre, voy mirando para afuera, nada me sobresalta, nada me sobregira, intento dormir y me es imposible, paso por la casa de mis amigos, de mis enemigos, los recuerdo sistemáticamente a medida que los árboles quedan atrás.

Veo los edificios tocando el cielo donde vivía un amor que ya no lo es, que nunca lo fue, y pienso, ahora son ellos los que quedan detrás.

Sigo observando sin observar y, como quién no quiere la cosa, se me cae una lágrima, se me caen dos, tres, y paran de caer.

Sonrío.

La gente no lo nota, me resulta imposible creer que nadie vea que estoy llorando, la individualidad de las personas me asusta. Después de unos minutos una niña me mira detenidamente y, horrorizada, le habla a la madre y me señala. Su progenitora hace caso omiso de lo visto, y siguen hasta el final del ómnibus, donde se sientan y percibo que esa niña me mira, y pienso, algún día, de grande, vas a sentir este vacío, y me vas a entender.

En cuarenta minutos de viaje se resumen todas las experiencias de mi vida, sonrío, disfruto la música, a través del recuerdo puedo revivir, me entristezco, miro todo y a todos y, circunstancialmente, me puedo enamorar de algún desconocido y, tal vez, algún desconocido se enamore de mí. Nada me asegura que éste no me ame para siempre, y que me recuerde como la joven que lloraba recostada al vidrio.

El ciclo se repite cada vez que pago el boleto y me dirijo al asiento, nunca sé a dónde voy a parar, o qué va a pasar.

Y por eso lloro, porque la incertidumbre y el vacío de la vida me asusta mucho.

Entonces me acomodo, tiro el asiento para atrás, y empiezo a disfrutar del vacío donde me construyo a mí misma.

A veces es de noche, está oscuro, y el ómnibus va vacío, y voy sola sentada y soy yo el motivo de ese viaje, a veces, el vacío se llena de más vacío.

Y me recompongo.

Conmigo misma.