Serie 2: ¿Por qué escribo?

 Hay un sentido ególatra del cual quisiéramos escapar y que da pudor explicitar. Escribimos porque queremos perdurar. Escribimos porque, de forma inocua o sentida, nos creemos capaces de exponer ideas que colaboren con la creación/existencia del mundo. Esa capacidad autodeclarada puede ser el camino a la debacle. ¿Qué pasa si no somos lo capaces que creíamos? 


¿De dónde viene la indignación que sentimos hacia las figuras que idolatramos? Nadie es un Dios ni está libre del error. Esos errores no deberían avergonzarnos ni hacernos sentir expuestos. Errar es la evocación de la humanidad. Equivocarnos en la acción es aquello que da sentido a la existencia humana y artística. Esa es la razón por la cual idealizar nuestra propia vida y nuestros posibles talentos es el único y declarado camino al infortunio. Estamos inmersos en una sociedad donde lo imposible perfecto nos penetra. Sentimos placer observando las vidas ajenas y, al mismo tiempo, replicándolas nos sentimos validados por aquel constructo que desarrollamos a partir de lo observado.


@emilycabreram, archivo personal

Así nace un ideal. Y cuando el ideal nace, junto con él, nace el fracaso. Es la paradoja de no saber y no poder vivir lo que poseemos. El camino del escritor hace difícil la existencia propia como artista ya que, en un mundo hiperestimulado, destaca consumir por sobre crear. Nuestra excusa es la inspiración. Estamos constantemente buscando inspiración, pero esa búsqueda destruye nuestra creatividad al mismo momento que habilita, de forma inconsciente, seguir los modelos de réplica que nos engañan con un posible concepto de perfección. 

Los límites son autoimpuestos, y comienzan con la inspiración. Les sigue la creación de etiquetas y, finalmente, el juicio de la razón agobia las ideas. Puede resultar contradictorio, pero la forma de inspiración que buscamos hoy en día es contraproducente hacia los resultados que queremos obtener. 


Si bien rechazo los debería, lamentablemente me rijo por muchos de ellos -creados por mí misma o por voces que he adoptado como leyes universales-. ¿Dónde deberíamos encontrar la inspiración? Siendo meramente observadores nos alejaremos de ella. La inspiración no es lo mismo que el consumo. La inspiración tiene su etimología, del latín, asociada a respirar. Cuando respiro, me alimento, me lleno de vida a la vez que me purifico. Inspirarme está lejos del consumo pasivo y cerca de la búsqueda de un alimento para seguir creando. No puedo asegurar dónde encontrará cada uno la inspiración, pero sí me gustaría afirmar que es buscando la vida que podremos encontrar ese alimento para crecer en nuestra producción artística.


El arte es producto del espíritu humano. Los productos artísticos que creamos son el resultado de una necesidad de expresión, de crear belleza, y de dejar un legado/contribución cultural a la sociedad.


Romantizar el arte es una forma de vivirlo. Ser conscientes de su función es una forma de ser responsables sobre nuestra creación. Los artistas tenemos la responsabilidad de transmitir y provocar en el espectador una reacción a nuestro producto (estímulo). El arte no es creada por todos, pero es para todos. La idea del arte aristocrática, alejada de la sociedad y dirigida a un nicho, solamente destruye las posibilidades de crear belleza. El arte es para todos, es su propio mensaje el que hace la segmentación, no es el artista el que debe elegir su público. El arte no es una estrategia de marketing que debe guiarse en particular a alguien para promover esa idea en el mismo grupo social. El arte es libre en su difusión.


¿Pensás en tu público ideal cuando escribís? El arte es promotora de excepciones. Provocadora de cambios y emociones. Encasillarse como consumidor de literatura o un tipo de escritor solo nos limita. Y los límites están alineados con la falsa inspiración promovida por las redes sociales. El límite nos agobia y nos lleva a consumir, si no soy libre encuentro la felicidad en el consumo. Atiborrarme de productos, imágenes, videos, ideas. Sentir que no soy útil, que yo también podría hacer eso que estoy consumiendo, es el camino a la infelicidad y al bloqueo del artista.


Puede que escribir para alguien sea el principio de la debacle. Supeditar nuestro arte a la mirada ideal e invisible, ajena, nos podría conducir a un estado de insuficiencia de realidad. ¿Qué ocurre en tal caso? Estamos condenados al fracaso antes de comenzar. El público no encuentra nuestro arte, nuestro arte encuentra al público. Y lo más importante, ese público no es fijo, es mutable, al igual que las condiciones en que se manifiesta el texto escrito y en que es interpretado e interpelado.


¿Para quién escribo? Para mí. Y esa es, posiblemente, la respuesta más desagradable que podemos leer y más inocua al mismo tiempo. Escribir es un acto catártico, y lo hago para ayudarme a mí misma a existir y, como efecto colateral, ayudar a los demás. Por supuesto que pienso en mi público, en el alcance que puede tener, y lo imagino y creo en mi mente, pero me obligo a destruirlo cuanto antes. Solamente de esa forma me puedo asegurar que mi escritura sea lo más limpia posible, lo más pura. Que el único contaminante de mi creación sea, nada más ni nada menos, que mi mirada de los eventos mundanos.